Frente al sitio



Frente al sitio

No sé si despierto de mi sueño o solo sueño que estoy despierto. La cosa es que noche a noche, escrupulosamente, abro los ojos, me estiro un poco y me echo a andar unos cuantos metros hasta llegar al mismo sitio. En la negrura de la noche y entre el ruido de la nada, excepto por los animales nocturnos y los árboles en movimientos rítmicos y continuos, provocados por el viento que no descansa.
El aullido del coyote, el canto de aves nocturnas, la noche que no calla. Las hojas en el suelo arrastradas por la nada. Nada que lo es casi todo, pues el viento está por todas partes. Frío, calador, incansable. A lo lejos, el eterno ruido del agua de un río.
Así son mis noches. Ya me acostumbré a ello. Despierto o como dije en un principio, creo despertar. Camino. O mejor dicho, vago. Deambulo con la esperanza cada noche de que esta sea una noche menos larga, menos negra. Son la una de la madrugada (creo) y me entretengo despejando las piedras y hojas que han llegado hasta el sitio, aún cuando se que es inútil.
Cuando hay luna se alcanzan a ver los cerros. Cuajados de hierba, soberbios por su tamaño, no reparan en recordarme que soy humano. O al menos eso creo ser aún. Cuando no hay luna, igual se que ahí están. Ya son muchos años como para no saber lo que tengo a mí alrededor. El que tengo a mis espaldas es el más pequeño, llego de pájaros y oyameles. De olor agradable por su vestido, es mi cerro preferido. De hecho de ahí surjo siempre. El que tengo enfrente es mas grande y menos tupido y el que esta a mi derecha de plano está seco y pelón. Me parece que es el primer cerro tupido de piedra rumbo a Victoria.
A mi izquierda esta la oscuridad. A lo lejos se alcanza a ver un letrero. Esta algo lejos, por eso solo veo el color metálico de su estructura, pero de seguro debe decir Acocomotla. Una noche lo vi de repente. Supongo que en el día lo pusieron. Si miro mas detenidamente, diviso un resplandor, señal de que la luz eléctrica está llegando a todas las casas de por allá. Y es que todo ha cambiado desde la primera vez. Al principio, el camino era piedra desnuda en medio de los cerros. Los postes de luz tendrán apenas unos años que los pusieron. Se tardaron mucho en ponerlos. No se que mas ha cambiado, porque de aquí no salgo, pero algunas noches, hasta se oyen voces que creo que vienen del pueblo. Será que ya ha crecido mucho, porque está difícil que le ganen a los ruidos de la noche.
Como dije antes, limpio el sitio. Que otra cosa puedo hacer a eso de la una de la madrugada. En espera de que llegue el sueño, limpio aún cuando se que es inútil, pues las cosas se me escurren de las manos. Pero lo hago. A veces, -muy de vez en cuando-, pasa un carro y es cuando me entretengo. Cuando está muy cerca de mí, casi siempre alcanzo a ver las caras de quienes van adentro. Por eso digo que es entretenido. Casi siempre veo miedo. Y la meritita verdad que es entretenido ver el miedo. Pero miedo de ese que cala como el frío de allá por La Cumbre. Lo raro es que a mi el sitio no me da miedo, pero a los demás si. Pusieron hace años una cruz blanca justo enfrente y casi todos los que pasan se santiguan. Una vez unos chamacos llegaron en su coche, se parar y alumbraron con linternas hacia donde estaba. No se porque no me vieron. Les hice señas, pero al parecer ya andaban con sueño, porque no me vieron.
Algo que me entretiene mucho es ver como toman la curva algunos. Casi paran y con cuidado y poco a poco, vuelven a acelerar. Toman la recta y justo cuando pasan frente al sitio se santiguan. De seguro es por la cruz blanca. Algunos sonríen nerviosos y otros van serios y con la cara arrugada. A muchos se les ve el sueño de la madrugada. No deberían manejar a estas horas. Por lo menos, deberían de cargar unos buenos cigarros para fumarse uno por aquello de los malos aires. Porque la noche siempre será pesada. Y más por acá.
Algunas veces, muy de vez en cuando, pasan familias con niños. Los niños a veces ya van dormidos y otras van platicando y sonriendo. Cuando eso pasa, casi siempre lloro. Los niños que aún son bebés no tienen miedo y casi siempre me ven. Entonces sonrío y me contestan la sonrisa. Continúan sus juegos y a medida que se alejan noto como sus papas casi siempre voltean hacia donde estoy  como para buscarme. No se como me doy cuenta, pero les veo el espinazo con los pelos henchidos como los gatos. De seguro los niños les dicen a su manera que me vieron. Entonces lloró más. No se cuanto tiempo mas estaré aquí. Ver niños me recuerda a mis chamacas que no he visto en muchos años. A veces tengo la sensación de que ya nunca mas las veré.
No se que pasó, sólo recuerdo que salí a prisa en mi flamante camioneta nueva modelo 85. Tenía prisa por llegar a Victoria para comprar unas cosas que faltaban para la fiesta de San Pedro y San Pablo. Así que la prisa fue mi compañera de viaje. Llegando a la curva el freno se me hundió hasta el fondo y luego tuve un dolor infinito que me traspaso la cabeza. De ahí solo recuerdo estar justo aquí, en el sitio. Cada noche. Justo en el sitio, que cada vez esta mas abandonado. Hace tiempo que ya nadie viene a arreglarlo. Antes si venian. Sobre todo en día de muertos, en mi cumpleaños y un día antes de la Fiesta de San Pedro y San Pablo. Una vez, alguien vino y colgó unos zapatitos tejidos de color azul. Ahora no se que pasa, aunque me temo que si lo sé… será que ya nadie vendrá. Por eso me entretengo, -cuando despierto-, tratando de limpiar el sitio. No quiero que termine de desmoronarse, aún a sabiendas de que es inútil…

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Reflexiones de una mente atormentada